El agua es como la conducta del sabio: carece de sabor, pero a todos complace; carece de color, pero es bella y cautivadora; carece de forma, pero se adapta con sencillez y orden a las más variadas figuras. Confucio
domingo, 21 de julio de 2019
sábado, 20 de julio de 2019
Uno de cada diez españoles no se atreve a pedir agua del grifo en los restaurantes. La Vanguardia hoy
Uno de cada diez
españoles no se atreve a pedir agua del grifo en los restaurantes
Además, según datos de la OCU, el
14 % de los establecimientos se la niega al cliente
Uno de cada diez españoles no se
atreve a pedir agua del grifo en los restaurantes
EFE
“España ha perdido la tradición de beber agua
del grifo”, explica a Efe, Fernando Morcillo, presidente de la Asociación
Española de Abastecimientos de Agua y Saneamiento (AEAS), quien asegura que
cuando un comensal pide agua en un restaurante, y se la sirven embotellada, no
se atreve a insinuar que prefería la del grifo.
El consumidor no puede
justificarse ante un camarero al pedir una jarra de agua en la comida, “no
debería existir ningún problema”, argumenta Morcillo, quien afirma “desconocer
con exactitud”, el miedo a pedir agua corriente fuera de casa. “No es un
problema de garantía de calidad del agua, quizá sea más una razón de carácter
social y cultural”, señala el experto
Un 14 % de locales niega el agua
de grifo, según la OCU. Según datos de la Organización de
Consumidores y Usuarios (OCU) el 14 % de los establecimientos niegan agua del
grifo y una de cada diez personas no se atreve a pedirla, bien porque piensa
que no se la van a dar o bien por vergüenza. Para la OCU, la reticencia a
suministrarla se encuentra más en la cuenta de resultados: cada vez que un
cliente elige el agua del grifo frente a la embotellada, el establecimiento
deja de ingresar, de media, dos euros por botella.
El coste del agua corriente es
30 veces menor, Fernando Morcillo insiste en
“beber agua corriente” y antepone dos razones frente al agua embotellada: su
coste es 300 veces menor que el agua de botella y es uno de los productos más
analizado con requerimientos estrictos y potentes para el control de calidad.
En España, cada persona consume unos 132 litros diarios de agua corriente con
fines domésticos, dicha cifra aumenta cuando se añade el uso de agua que
proviene de la ciudad y la industria, en este caso, suman 240 litros diarios
por habitante censado, aunque en el verano el consumo en los hogares se
incrementa un 20 %
Cada vez que un cliente elige el
agua del grifo frente a la embotellada, el establecimiento deja de ingresar, de
media, dos euros por botella.
El precio medio del agua
doméstica en 2018 se sitúa en 1,84 euros/metro cúbico (sin IVA), uno de los más
bajos de Europa, lo que supone de media un 0,98 por ciento del gasto total de
los hogares españoles, según AEAS.
Para Morcillo, aunque un episodio
de calor conlleva implícito un elevado consumo de agua como es el rellenado de
piscinas, torres de refrigeración industriales, riego de jardines y aumento de
las duchas de refresco entre otras acciones, en general, los españoles tenemos
un gran “conciencia” de ahorro en el consumo.
En este punto detalla que en
momentos de fuerte periodos de sequía, entre la ciudadanía caló la necesidad de
un uso racional del agua lo propicia, que, de forma tímida, desciendan los
usos. En el agua -una vez superados todos los parámetros establecidos por la
legislación para el consumo humano y requisitos sanitarios, hay que tener en
cuenta la calidad organoléptica, lo que percibimos por el gusto y que
predispone aguas más amables y otras más duras
La fama del agua de grifo de Madrid
Esa peculiaridad tiene que ver
mucho con “la geología donde están ubicados los sistema de captación de agua”,
y no en todas las ciudades es igual, añade el experto para asegurar que, en
Madrid el agua es de muy buena calidad.
Las más agradables al gusto son
las aguas de sierras de origen granítico y en este caso, la madrileña,
procedente de la sierra de Guadarrama es un agua muy natural y con un
componente añadido que la mejora, su filtrado en un terreno arenoso. Por el
contrario, en zonas de costa donde el terreno es roca caliza, esta se disuelve,
muy poquito, pero lo suficiente para afectar al sabor, concluye Morcillo.
viernes, 19 de julio de 2019
jueves, 11 de julio de 2019
la última amenaza de la Antártida. La Vanguardia
la última amenaza de
la Antártida. La Vanguardia
En el mar de Amundsen. El adelgazamiento del glaciar Thwaites, en la
Antártida occidental, está relacionado con un calentamiento de las aguas. Su
probable deshielo elevará el nivel del mar casi un metro (NASA)A JULIÁ BURCHÉS, BARCELONA
11/07/2019 00:34Actualizado a11/07/2019 10:3Los científicos dirigen
la mirada cada vez más hacia el comportamiento de los hielos en la
Antártida. Hasta ahora, las noticias sobre el calentamiento del
continente helado se habían centrado en gran medida en la Península de la
Antártida y en el mardel Weddell, al norte de este continente. Ahora,
los expertos apuntan un nuevo peligroso foco de deshielo en el
suroeste de esta zona, en el denominado glaciar Thwaites, que vierte
en el mar de Amundsen.
El temor nace del riesgo de que la Antártida tenga que enfrentarse a
una situación crítica o de no retorno en la que el deshielo de sus
glaciares pueda hacerse irreversible en paralelo al calentamiento del planeta.
La consecuencia sería una importante subida del nivel del mar, que se
añadiría a otras contribuciones a esta elevación procedentes de las aguas de
otros glaciares del planeta.
Ahora una nueva investigación ha revelado que el glaciar Thwaites sufre un
acusado proceso de inestabilidad, por lo que es susceptible de verse sometido a
una “rápida e irreversible” retirada, según ha publicado la revista Proceedings
of the National Academy of Sciences; por ello, este glaciar se ha convertido en
el principal riesgo para una rápida y futura subida del nivel del mar.
El informe alerta del riesgo de que el glaciar sucumba a una inestabilidad,
causada por el retroceso de su línea de conexión con el fondo marino, lo que
podría provocar que “expulsara” hielo hacia el mar con una velocidad superior a
la prevista inicialmente. Si esta situación se materializara, el glaciar
Thwaites podría perder todo su hielo en un período de 150 años; algo que podría
producirse incluso sin que se frenaran los incrementos de temperaturas.
¿Cuáles serían las consecuencias? “El glaciar tiene suficiente hielo para
contribuir en casi un metro al ascenso del nivel mundial del mar si se retirase
y se derritiese por completo”, explica por correo electrónico a este diario
Alex Robel, director del estudio y profesor asistente en la Escuela de Ciencias
de la Tierra y la Atmósfera de Georgia Tech. Además, “la posibilidad de que
este fenómeno pueda elevar el nivel del mar comporta un peligro para quienes
viven en zonas costeras de todo el mundo”, señala. La subida del nivel del mar
ya se ha relacionado con un incremento de las inundaciones en las zonas
deltaicas y costeras.
Las conclusiones de la investigación preocupan a este experto en la medida
en que es probable que se dé ese aumento del nivel del mar a causa del
derretimiento del glaciar Thwaites incluso si el calentamiento se frenara. Una
vez que se cruce ese umbral temido, es probable que el glaciar siga vertiendo
hielo hacia el mar a un ritmo acelerado durante los próximos siglos.
La inestabilidad de este glaciar se debe especialmente a su particular
estructura y características, según detalló a este periódico John Church,
investigador de la Universidad Nueva Gales del Sur (Australia) y premio
Fronteras del Conocimiento en Cambio Climático de la Fundación BBVA. El glaciar
está unido a una zona de roca por debajo del nivel del mar y esta estructura
rocosa tiene una forma de pendiente inversa, lo que explica la enorme inestabilidad
de la plataforma de hielo marino.
Las simulaciones realizadas en el estudio sugirieron que la extensa pérdida
de hielo podría comenzar en 600 años, aunque los investigadores destacaron que
podría ocurrir antes en función del calentamiento mundial de los océanos y de
la inestabilidad de la roca base. Este deshielo “podría suceder en los próximos
200 a 600 años, según la topografía rocosa que haya debajo del hielo; pero
todavía no sabemos con detalle cómo es”, declara Helene Seroussi, científica
del laboratorio de propulsión del la NASA y también colaboradora del análisis,
citada por The Guardian.
El estudio se ha realizado utilizando el Modelo de Sistema de Capa de Hielo
(ISSM, por sus siglas en inglés), que permite “proyectar cómo cambiará el flujo
de hielo desde el glaciar Thwaites en el futuro”, explica Robel. En este
sentido se dibujaron diversos escenarios (según las emisiones de gases que se
produzcan), de manera en que en todos los casos se obtienen un amplia gama de
posibilidades que comporta un deshielo y un aumento del nivel del mar en los
siglos venideros.
“En general, el cambio climático que ya ha ocurrido, ya comporta una cierta
subida del nivel del mar de cara al futuro, independientemente de las acciones
que vayamos a llevar a cabo. Necesitamos ahora prepararnos para las nuevas
subidas del nivel del mar”, insiste Robel. A juicio de Church, este y otros
estudios similares ponen en valor la importancia de las políticas de mitigación
de las emisiones de gases invernadero para evitar esta situación. Por su parte,
Robel recuerda que si se toman medidas “para prevenir cambios climáticos
significativos en el futuro, podemos reducir, pero no eliminar el nivel de la
subida del mar que es probable que ocurra”.
Otras investigaciones recientes ya venían alertando sobre las amenazas que
afronta actualmente la Antártida. En los últimos seis años, la tasa de pérdida
de hielo de cinco glaciares estudiados de este continente se ha duplicado y es
cinco veces más rápida que en 1990, según la National Science Foundation (NSF)
de Estados Unidos. Esta fundación también recoge que el deshielo se está
extendiendo desde la costa hasta el interior de la Antártida con una reducción
de más de 100 metros de espesor en algunas zonas.
Igualmente, un estudio realizado la semana pasada encontró que la extensión
del hielo marino alrededor del continente había sufrido una caída precipitada
desde el 2014. Los datos registrados por el satélite mostraron que la Antártida
había perdido en cuatro años tanto hielo marino como el Ártico en 34 años.
jueves, 4 de julio de 2019
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